Cuando nadie nos ve…

Alguno estará pensando que voy a detallar encuentros sexuales en la tercera fase.

Mamá, Papá, tranquilos, podéis seguir leyendo que no va por esos derroteros.

Hoy, a modo de confesión, YO LOLA JURO DECIR LA VERDAD Y NADA MÁS QUE LA VERDAD, voy a contar las pequeñas maldades que cometo/cometemos (sí, cariño, tú también) en perjuicio de nuestros hijos y que ellos ni sospechan.

Veamos de qué tipo de delitos estamos hablando:

ZAMPARNOS LAS CHUCHES QUE LES HAN DADO EN UN CUMPLE (de Halloween mejor ni hablamos…)

Después de un buen atracón de ganchitos y guarradas varias, suelen premiar a todos los niños con una bolsa, tamaño brazo adulto, llena a reventar de chuches.

Como soy una madre bastante germana, al llegar al coche les ordeno con voz militar: «Podéis comeros cuatro chuches. Ahora, sin hacer movimientos bruscos, entregadme las bolsas con las manos en alto».

En este punto, podría mentirme a mí misma y argumentar que lo hago por su bien. El problema es que, una vez los niños acostados, esas bolsas pasan a disposición parental.

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Demasiada tentación. Sábado noche, peli y… esas fresas de goma, esos platanitos, esos sugus que te miran rogando atención: «Cómeme«. Una cosa lleva a la otra y la bolsa acaba vacía.

Al día siguiente, cuando los niños preguntan por las chuches, mentimos como bellacos: «Hoy no. Pórtate bien y ya veremos si mañana te doy alguna». Les chantajeamos con promesas vacías. ¡Somos gentuza!

ESCONDERTE EN EL BAÑO MUCHO MÁS TIEMPO DEL QUE LAS NECESIDADES PRIMARIAS REQUIEREN

Os pongo en contexto. Tarde lluviosa. Niños cansinos que se pelean cada minuto y medio por algo… o por nada.

Mi mente aletargada y ociosa empieza a trazar un plan: cómo evadirse de esta prisión casera sin dejar a mis hijos solos.

«¡Niños! Voy al baño un momento. Dejadme tranquila que son sólo cinco minutos» ¡Y zasca! Pestillazo en la puerta, móvil en la mano y al fin… LA PAZ.

La paz relativa, porque a los escasos segundos uno de ellos, o todos a la vez, aporrean la puerta como si del mismísimo Jack Nicholson en El resplandor se tratara.

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Valoro mis opciones: salir y lidiar de nuevo con este circo romano o permanecer aquí escondida, dejando que se maten entre ellos o, al menos, se cansen de gritar mamaaaaaaaaaaaaaaaa.

Suelo quedarme un rato mirando chorradas en el móvil hasta que presiento que la integridad física de alguno de ellos corre verdadero peligro.

COMERTE ALGO GOCHO (QUE A ELLOS LES HAS PROHIBIDO) A TODA LECHE…

Imaginemos la situación por un momento. Queda media hora escasa para la cena. Me entra un hambre que no me deja ni pensar.

Entro en la cocina, me aseguro de que estoy sola y de que «las fieras» están a una distancia prudencial.

Abro un paquete de algo que a ellos normalmente no les dejo ni catar, mucho menos antes de la cena: patatas fritas, chocolate, galletitas saladas… ¡Yo qué sé! Las opciones son infinitas (menos en mi casa que no hay casi nada).

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Y lo engullo cual bulímica a las tres de la mañana. Sin masticar, sin hacer ruido y a una velocidad que me impide saber con certeza qué estoy comiendo. Todo con el único fin de no alertar a mis hijos, capaces de olisquear comida a kilómetros de distancia.

En las ocasiones en las que me pillan con las manos en la masa, doy un respingo similar al de mi infancia cuando mis padres me cazaban haciendo algo irregular, y les echo una minibronca:

No se entra así. Hay que llamar.

-Pero mamá, es la cocina…

-¡Da igual…! ¡Y no me contestes!

Ya se sabe, la mejor defensa es un buen ataque.

TIRAR A LA BASURA LAS CREACIONES ARTÍSTICAS DE TU PROLE

Ya. Ya lo sé. A más de uno le parecerá fatal. ¿Cómo eres capaz de tirar un dibujo hecho con todo el amor, en el que además pone «t ciero mama»?

Pues porque si guardo todas las obras varias, incluyendo refugios improvisados de cartón, podemos directamente declarar mi casa zona cero de la basura madrileña.

Mis hijos son muy prolíficos. Y oye, me encantará ir a ver sus instalaciones con papel de periódico, hojas del parque y cajas a ARCO. Pero a día de hoy, y para mantener mi hogar dentro de un límite razonable de salubridad, no puedo conservar todas sus piezas artísticas.

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Mi hija, de hecho, además de muy «artista» tiene un síndrome de Diógenes que no veas. LO GUARDA TODO. Un día abrí su edredón y descubrí, en el interior de su cama, tres recipientes de yogur, siete de Actimel, dos rulos de papel higiénico, cuatro castañas del parque y un dibujito hecho en un ticket de compra.

Así que, cuando olvidan las trescientas hojas con garabatos realizados en un único día, yo hago triaje y deposito los menos agraciados (vale, ya sé que el arte es subjetivo) en el fondo del contenedor azul. Sí, al menos tengo conciencia ecológica y además me partiría el corazón que me pillaran, no lo voy a negar.

Seguro que se me olvidan unas cuantas maldades por detallar, pero tampoco quiero que me quiten la custodia…

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