Mi gen choni

No molo nada. Aunque lo intente. Soy CERO COOL.

Y cuando trato de seguirle el rollo a mis amigos molones y culturetas, abrumadora mayoría, por cierto, se me acaba viendo el plumero.

De hecho, he trabajado en los dos sectores donde molar es prácticamente un requisito laboral: la PUBLICIDAD y la MODA. Durante años, lucí flequillos de abertzale cada vez más asimétricos y modelitos bastante improbables para mimetizarme con ellos. Llevaba tantos estampados mezclados que parecía la carta de ajuste.

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(Esto es la carta de ajuste. Por si me lee alguno de la ESO…)

 

Pero francamente, a estas alturas de la vida si no molas de serie, me parece cansadísimo estar todo el día postureando. Por eso, he decidido salir del armario. Ya era hora.

Puede que pierda algunas amistades (¿y lectores?) por el camino. No importa. Se quedarán los que me acepten como soy. Hay quien descuartiza mujeres en el sótano, yo tengo un RAMALAZO HORTERA.

ESTE ES MI COMING-OUT:

Sí, en ocasiones escucho música indie en mis cascos XXXXL. Incluso descubro en Spotify temas que no conoce ni la madre del cantante, pero soy fan a muerte de los SUPERHITS, hasta los de Reguetón.

Ya puedo sentir a través de la pantalla vuestras miradas reprobatorias. Pero no me interrumpáis ahora, debo confesarlo todo.

Sin ir más lejos, no paro de poner la última de Luis Fonsi y la de Enrique Iglesias. Es más, no albergo ni un resquicio de duda, me encantará la próxima macarrada comercial que pinchen hasta el hartazgo en la radio. Soy carne de cañón.

A veces, cuando me siento muy mujer (sí, en esos días del mes) pongo a todo trapo a Rocío Jurado.

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Pero no una canción, en plan qué transgresora soy. No. Su disco platino AL COMPLETO. Y la canto a voces porque, lo habéis adivinado, me sé la letra DE MEMORIA. Eso sí, con cierto pudorcito, con las ventanillas bien cerradas.

El otro día sonó en la radio «Sueños inalcanzables» de Camela y lejos de sangrarme los oídos, lo disfruté y subí el volumen.

Recordé mis veinte añitos, las fiestas de las Rozas y, aún sabiendo la blasfemia musical que cometía, decidí buscar sus mejores hits en Spotify y darme una larga ducha con un buen chute de nostalgia. Parecía que en cualquier momento iba a aparecer en mi cuarto de baño el del órgano con su coletilla y la cabra Margarita subiendo al palo.

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Pero esto no se queda aquí. Vamos con el cine:

Cuando estoy sola en casa y decido mimarme con una de «peli-sofá-manta«, hago el paripé. Miro con gran interés las novedades. Ajá… Sí, esta me han dicho que es buenísima, ajá… Con cierta autocomplacencia me digo, has madurado, ya no ves pelis de mierda. Al menos, no voluntariamente.

Y en ese ridículo intento por engañarme a mí misma, leo varias sinopsis de dramones con tema desgarrador: el premio del público de Sundance, un precioso largometraje sin diálogos sobre las fábricas de Bangladesh o esa película coral iraquí que por lo visto es un MUST entre los entendidos.

Pero como la cabra tira al monte (o sube al palo, si oye Camela) acabaré en las comedias románticas. Elegiré la que me garantice el final feliz molto predecible para irme a la camita contenta y a gustito.

Si voy al cine es otra cosa, selecciono mejor. Pero en casita, yo solita: placer CERO adulto.

¿Para qué quiero yo dramas kurdos cuando puedo disfrutar de una Made in USA donde el amor siempre triunfa?

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Dos actores guapetes, Ryan Gossling y Emma Stone (os recuerdo que, antes de ganar Oscars, su pan de cada día eran las cursi-comedias). Se gustan, se enamoran, pero por desdichadas circunstancias no hay manera, un conflicto absurdo se interpone entre ellos. De esos que te hacen gritarle a la pantalla: «¡Pero bésala ya! ¡Tontoooo!» Por supuesto, tienen un amigo graciosete para asegurarte unas buenas risas durante la completamente trillada y banal historia.

Soy como los niños, capaces de ver 745 veces la misma película y ponerse nerviosos al final porque, a lo mejor, esta vez, la 746, el bueno no gana. En mi caso, no acaban juntos.

Como podéis deducir por este reguero de pistas, no asisto a conciertos de Jazz en clubs alternativos, no leo a James Joyce por las noches, ni memorizo sus frases para repetirlas en público. Tampoco he visto la última peli de la Filmoteca. ¡Qué digo! ¡Nunca he ido!

Ergo NO MOLO.

Llevo dentro una gemela poligonera luchando por salir.

Con la tele también me tengo que controlar. Porque aunque mis padres, gente culta y con buen gusto, han hecho todo lo posible por darme estudios y criterio, soy capaz de quedarme enganchada con cara de encefalograma plano a Mujeres, hombres y viceversa, Gran Hermano o, peor, Gandía Shore.

Así que aplico la técnica «ojos que no ven, neuronas que no se pierden». Si no pruebas la cocaína, no te enganchas. Bueno, eso, y que mi marido cuando me pilla infraganti viendo telebasura me mira con cara de asco… Y me siento sucia.

Hablando de mis padres, cuando de pequeña les anunciaba QUIERO SER CHICA DE CONJUNTO- ya sabéis las que cantan tres frasecitas y se contonean al lado de los Enriques Iglesias del mundo- tenían que haberse imaginado lo peor y haberme mandado a un centro de desintoxicación horteril para una terapia de choque.

 

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Como no lo hicieron, ahora sufro de TDTG: Trastorno por Déficit Temporal de Gusto.

A ratos, normal. A otros, hortera.

Esperemos por vuestro bien que el GEN CHONI no se cargue al GEN PUDOR y acabe bajando las ventanillas…

 

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